Desde 1994, cada 15 de mayo se celebra el Día Internacional de la Familia, habiendo a partir de entonces sido múltiples los temas que habrían de ser abordados: el papel de la familia en el desarrollo humano, la prevención de rivalidades étnicas, la contribución de la familia a la sociedad, el equilibrio entre familia y trabajo, los derechos de los niños o su futuro explicitado en términos de sostenibilidad.
carlos torres
Carlos Torres. Psicólogo infantil Hospital Quirónsalud Palmaplanas.
15/05/2017

Este año, en 2017, el tema nuclear sobre el que se nos invita a reflexionar y actuar es el de la educación y el bienestar. Existe, sin embargo, una temática común a todas las temáticas. Un nexo que subyace a todas las que emergieron y habrán de emerger, no sólo desde 1994 hasta la actualidad, sino desde la actualidad hasta el futuro que esta siembra. Me refiero a una pregunta sempiterna cuya respuesta está siempre en construcción: ¿qué es la familia?


Hoy en día, especialmente desde una perspectiva académica y social, disponemos de un amplio abanico de respuestas, eso sí, enfocadas a una definición que responde más a su forma de organización que a aquello que verdaderamente es.


Pero la familia, por encima del gesto, es el acto más significativo para la transmisión de valores con el que contamos. Configuramos nuestras emociones, sentimientos, egos y posibilidades de actuación solidaria para con el resto de seres humanos no desde unas instituciones supuestamente inertes, sino desde aquello que activamente las crea y les da vida: los valores que fomentamos con cada acto en nuestros hijos. De ello depende, en primera instancia, lo que más tarde emerge en los centros educativos, posteriormente en los centros de trabajo y, finalmente, en la actuación de los países y la creación de un mundo, que no nos viene dado, sino que vamos creando en el acto de mimetizar aquello que somos con nuestros hijos y que fielmente nos define como familia.


En ese sentido, padres y madres configuramos el mundo con cada acto en el seno familiar. Y nuestra responsabilidad no reside tanto en la forma de organización, separados o no, etc., sino en el acto consuetudinario: ¿soy, como padre o madre, un espejo de solidaridad o más bien de puro egoísmo?; ¿de reproches o de verdadero apoyo hacia el otro progenitor?; ¿de vocación en el trabajo o de competición por la mera adquisición de objetos materiales?; ¿de esfuerzo continuado en mi propia formación y bienestar?; ¿y qué hay del bienestar de los demás?


Podemos responder a estas preguntas como deseemos frente a nuestros hijos, pero no lograremos engañarles por demasiado tiempo, pues la familia no es el gesto, sino el acto. Probablemente el de mayor responsabilidad al que nos hayamos enfrentado nunca.


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